El último elefante

KATY MIKHAILOVA

20 de marzo de 2026

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En tiempos donde las revistas de interiorismo funcionan como catecismos del “buen gusto” y las casas han dejado de ser hogares para convertirse en escenarios, hemos confundido habitar con posar y vivir con performar. El interiorismo contemporáneo, ese que se reproduce cual virus en páginas satinadas, ha vaciado de alma los espacios y ha llenado de ansiedad estética los salones. España entera parece un showroom donde lo importante no es estar, sino aparentar que se está. Y ahí empieza la farsa.

Toda esa gente que tiene coffee tables que no son ni coffee ni table sino un soporte bajito para sostener libracos aspiracionales de cientos de páginas de fotógrafos, artistas o diseñadores cuyas obras jamás adquirirán. Es más: ni siquiera los leerán. Ni apoyan el café ni sirven como mesa no vaya a ser que el latte salpique el fetiche estético-literario.

Perfecto para la María Pombo de turno: más decoración y menos decoro, más foto que función. La mayoría de interioristas de España parecen padecer el mismo síndrome: el “blanco sobre blanco” como dogma contemporáneo. Y no me refiero a Malevich sino a ese minimalismo hueco, vacío no de objetos sino de sentido. Blanco marfil. Blanco roto. Blanco camel. Blanco nube. Blanco lino.

Yo solo diferencio dos: el blanco estándar y el blanco sucio (“lejía is calling in 3, 2, 1… chic pun: bikini trufado de atún”). Lázaro lo llama con acierto: “las casas beige”. Luego están los espejitos, la mayor plaga visual del siglo XXI. Espejo redondo, espejo sol, espejo ventana, espejo de aumento de ego. Feng shui por si las moscas (y por si el karma decide bajar a desayunar). Y las velitas aromáticas de ocho mechas que prenden más lento que las neuronas de Tomás Páramo y su teocentrismo optimista. Una, dos, tres, cuatro…

A más velas, más espiritualidad; a más libros, más intelecto. O eso nos cuentan. Porque iluminar no iluminan, pero cuestan como un retiro espiritual. El ser humano contemporáneo transita entre dos infiernos: el minimalismo impostado (casas clínicas, perfectas para morir, no para vivir) y el horror vacui disfrazado de estilo, con libros apilados, cuadros sobre cuadros y acumulación zen-latina.

Y ahora llega el nuevo movimiento: el giro esférico. Todo debe ser redondo, orgánico, curvo: sofás esféricos donde no cabe una columna vertebral humana, mesas circulares que no pasan por la puerta, butacas que parecen flanes. Es la estética del “fluye”, del “orgánico”, del “mira qué forma curva tan zen”. Y mientras tanto la vida sigue siendo cuadrada: facturas, hijos, esquinas, horarios, ordenadores, la mesa de estudio del niño que no sale en AD porque es demasiado real.

Las casas esféricas para vidas que siguen siendo rectangulares: esa es la gran ironía. Y qué decir de los Budas. El bambú. El biombo asiático de Wallapop. Los bonsáis mustios. Ese trauma estético de los 2000 que impregnó los garitos de moda: Buda (A6, antiguo Oh Madrid!), Ananda (Atocha), Opium (José Abascal). Hay quien colecciona recuerdos nocturnos en su adosado de Majadahonda. Mientras tanto, ¿dónde quedaron las colecciones auténticas?

Los elefantes de plata, las bailarinas de Lladró, los bodegones de manzanas y peras, la pared llena de fotos familiares, el souvenir de París, los huevos de marfil, el recordatorio de la primera comunión, la caja de metal de galletas danesas convertida en costurero.

Qué ha pasado con la naftalina, con la memoria, con las raíces que vamos abandonando mientras llenamos la boca de palabrejas como “artesanía”, “sostenibilidad” o “colección cápsula”.

Quizá haya llegado el momento de recordar que una casa no es un escenario ni una escenografía para Instagram, sino una biografía. Un lugar donde el café mancha, las velas se gastan, los objetos tienen historia y los elefantes siguen en su sitio. Lo demás el beige, la pose, la curva impostada y el libro que nadie lee es atrezzo. Y ya hay demasiados decorados pretendiendo ser hogares.

KATY MIKHAILOVA

20 de marzo de 2026

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